“El lugar donde empezó todo”, 50° Aniversario de LV 22

Por Pablo Callejón – Periodista

De chico quería ser doctor. En realidad, no lo quería, era solo una aspiración. Me imaginaba de punta en blanco, con un guardapolvo prolijo como el que planchaba mi mamá para ir a la escuela San Martín frente al barrio Unimed de San Rafael. Creía que los médicos solo podrían salvar vidas, desconociendo la muerte. Sospechaba que cada una de esas vidas podría no ser infinita pero le daba poco margen a las contradicciones de la lógica. Y fui doctor hasta que me cansé de las vacunas contra la alergia y las caídas en bicicleta con raspones de rodillas que solo cicatrizaban al sol. Descubrí que no todo se cura en las fríos pasillos de una clínica y no hay mejor sanación que las noches en vela de mi mamá controlando la respiración asmática.


No había dejado de ser niño cuando entendí la razón por la que decidí apostarlo todo. En cuadernos Rivadavia de tapa dura fui editor, diagramador, redactor y jefe de mi propio Gráfico. Me costaba un poco el arte de portada, pero me las ingeniaba. La figura era un tipo narigón, de piernas chistosas y barbilla a lo He Man que utilizaba siempre la camiseta de River. No era un periodista objetivo, como no lo soy ahora. En mi edición de El Gráfico la tapa le pertenecía al Polilla Da Silva, el Mencho Medina Bello, y si el resultado del domingo lo exigía, dejaba un lugarcito para el Pipo Gorosito. No mucho más.
Desde primer grado ya era socio de la Biblioteca Sarmiento en Huinca Renancó y un cliente habitual de Pedrín, un gallego de corazón a prueba de balas que siempre me guardaba las revistas de fútbol, las historietas de Isidoro y Patoruzú y el Página de los domingos. Lo primero que hacía al comprarlas era sentirles el olor a tinta fresca y después me desplomaba en el sillón de cuerina rojo que se te pegaba en la espalda cuando hacía demasiado calor.
A los 12 años mi viejo me acompañó con una pila de cuadernos de anotaciones a conocer a Juan Cosso, el relator que compensaba las aburridas mañanas de cajero de banco con la pasión de un domingo futbolero. Con el solo argumento de la generosidad, pasé a formar parte del equipo deportivo de la radio y todavía me hacen cosquillas en la panza cuando recuerdo que entraba a los estudios de LV22 y me sentaban al lado del Chavo Rivelli, el Cachalo Pereyra, el Gringo Rosetto y Gustavo Quiroga. Con el tiempo, se sumaron David Polanco, José María González, el Tato Mateo, y hasta pude compartir un par de meses con el Colorado Marchini. Teníamos programa semanal, transmisión central los domingos con corresponsables en todos los estadios de la Liga Roca y un super lúnes que, entre otras cosas, me permitía acostarme a las 2 de la mañana cuando volvíamos de algún pueblo.
Cuando aún paso con el auto frente a la radio siempre lo hago despacito. Intento reconocer si todavía suena la teletipo ó logro escuchar la voz de Jorge Dutto y el Quique Diez anunciando el pase de «Aire». Aquel equipo de radio fue la razón para no dudar. No quería parecerme a un médico, solo buscaba ser periodista.
Ya lejos de las tardes de bar en el Oriente, un tiempo de radio junto a Osvaldo Wehbe y Hèctor Cometto permitió sacarle lustre al currículum y con el título de licenciado bajo el brazo, Lionel Gioda me hizo golpear las puertas del canal que Guillermo Geremía me abrió de par en par. El resto es historia más o menos conocida.
El periodismo no solo me salvó de una vocación frustrada de guardapolvo blanco, también se convirtió en esa extraña conjugación de la razón y la pasión desmedida. Y creanme que es cierto que la vida se convierte en una sala de redacción de ardor permanente por la primicia. El mejor oficio del mundo nos obliga a buscar la novedad con la certeza de que todo final es el convite de riesgo para comenzar una vez más.
Cada 7 de junio, cuando alguien me pregunta por qué me hice periodista, pienso en mis razones de niño: nada me resulta más apasionante que un cuaderno Rivadavia repleto de noticias

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