Hace unos pocos meses atrás, Alberto, era un reconocido constructor de la política, un negociador hábil e inteligente, que había prestado sus atributos al servicio de varios sectores del peronismo, aunque su corazón latía al compás de Néstor Kirchner. Reconocido por su destreza poco común, para tejer alianzas, generar poder, endiosar candidatos. Cuando el hombre atildado, de espesa cabellera y canoso bigote, gastaba su tiempo, entre sus clases de Derecho Penal en la UBA, pasear a Dylan y disfrutar de su distinguida pareja, a ese mismo hombre que supo codearse con el poder omnipotente del pingüino presidente, a ese hombre, le cambió la vida aquel llamado de la Dra., para ofrecerle el poder encabezar la fórmula presidencial, corriéndose ella misma, la que más votos tenía, esa misma, orgullosa y vanidosa Cristina, la que conmueve y emociona hasta las lágrimas a los jóvenes, aunque a los viejos también, ella misma, que en una jugada estratégica maravillosa y cargada de fina osadía e inteligencia, le cambió la vida a este Alberto, hacedor perenne de la política peronista y enloqueció y llenó de impotencia al oficialismo Macrista.

A ese hombre, de voz disfónica, de guitarra roquera y fana del bicho de La Paternal, se le movió la estantería, convulsionó sus cimientos y al peronismo le generó un irresistible deseo de unión, de abrazarse, de priorizar enemigos, de juntar el progresismo y bautizar un frente de todos y todas. Había nacido una esperanza para todos los que ansiamos una democracia participativa, distribucionista, popular, nacional, que recupere a la mayor brevedad todo lo que el tifón del Macrismo arrasó sin piedad, sin ética, sin moral republicana, y de la mano de los negocios, los negociados, los amigos, hundió a los argentinos, con excepciones, claro está, en la noche más nefasta que recordemos del regreso de la democracia, para devastar un país productivo, en un reservorio inmoral de pobreza, marginalidad, desempleo, inflación, un verdadero saqueo económico, social y humano, que rápidamente envolvió a la Argentina en una atmósfera de desencanto colectivo. Habíamos entregado valores, riquezas, cultura, educación, trabajo e inaugurábamos una espiral incontenible de especulación financiera, de banqueros y tasas, de dólares y bicicleta. Habíamos perdido el país, la nación, habíamos inaugurado el tiempo del hambre, de la miseria, de la indigencia, de la pobreza extrema, entregamos la dignidad soberana para satisfacer la voracidad de los privilegiados del sistema, habíamos inaugurado una sociedad empobrecida, clasista y perversa.

Ahora, el hombre del pelo tupido y grueso bigote, nos abre una esperanza de luz, de recuperación, de trabajo, de honrar a nuestros viejos, de recuperar los puestos de trabajo perdidos, la comida y la educación para los que sufren, pero también nos recuerda que no podemos repetir viejas historias, viejos desencuentros, viejas antinomias, sí, todos ellos que permitieron el asalto del poder del mejor equipo de los últimos 50 años. Sale el sol, nuevos vientos soplan en la república, nos merecemos que la lluvia reparadora nos golpee suavemente, como una caricia. Ojalá aprendamos a cerrar esta grieta, inventada por los poderosos y apoyada por los distraídos. Volvió el peronismo. No será nada fácil, pero estamos dispuestos, Sr. Presidente.

EDUARDO «FLECHA» LEONES

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